Mayo del 68, ¿Victoria obrera o pírrica?
- 19 jun 2025
- 5 min de lectura
Actualizado: 27 jun 2025
El hecho de que Mayo del 68 fue, en su esencia, fue un triunfo proletario, una colosal huelga general que arrancó al capital concesiones materiales de un calibre histórico, no lo puedo negar, pues sería necio hacerlo. Los Acuerdos de Grenelle son un hito innegable en la historia social francesa. Sin embargo, aferrarse a este hecho como la verdad última del acontecimiento es, si me permites la metáfora, observar el dedo que señala la luna y no el astro mismo. Es una reflexión que, mutatis mutandis, peca de una cierta miopía histórica, confundiendo una batalla ganada con el desenlace de la guerra.
Mi postura, forjada en el crisol del análisis crítico y en la lectura atenta de los filósofos que supieron ver más allá del oropel revolucionario, es diametralmente opuesta. Sostengo que Mayo del 68, lejos de ser la apoteosis de la conciencia de clase, fue precisamente su canto del cisne; el principio del fin para la izquierda tradicional y el amanecer de una nueva forma de dominación capitalista, mucho más sutil y, por ende, más perversa: el capitalismo de la seducción.
Permítame desgranar mis argumentos, citando a los augures que, en su momento, no se dejaron cegar por las luces de la revuelta.
En primer lugar, es un error craso amalgamar en una sola entidad la huelga obrera y la revuelta estudiantil. Se trató de dos movimientos paralelos que, si bien convergieron brevemente en el tiempo y el espacio, respondían a lógicas y anhelos fundamentalmente distintos, cuando no antagónicos.
Los obreros, herederos de la tradición marxista y sindicalista, luchaban por una mejora de sus condiciones dentro del sistema productivo. Sus demandas eran de naturaleza cuantitativa y material: aumento de salarios, reducción de la jornada, más vacaciones. Buscaban, en esencia, una mayor porción del pastel capitalista.
Los estudiantes, por el contrario, imbuidos de una amalgama ideológica que incluía el situacionismo, el anarquismo y una relectura hedonista de Freud y Marx, buscaban la subversión total del sistema. Su lema no era "un salario más justo", sino "La imaginación al poder" o "Prohibido prohibir". Anhelaban una revolución de la vida cotidiana, una liberación de las costumbres y los deseos que la vieja izquierda, con su rigidez y su moral obrerista, consideraba una desviación burguesa.
La tragedia de la izquierda fue que el Estado y el capital comprendieron esta dicotomía mucho mejor que los propios revolucionarios. De Gaulle, en un acto de astucia política magistral, negoció con los sindicatos (los Acuerdos de Grenelle), satisfaciendo las demandas materiales de los obreros y, de un solo golpe, desactivando la única fuerza capaz de paralizar el país. Separó el músculo del cerebro, dejando a la revuelta estudiantil huérfana de su base de masas y reducida a una performance cultural.
Aquí es donde debemos invocar, como una suerte de numen tutelar de esta crítica, al sociólogo y filósofo Michel Clouscard. Clouscard fue el gran profeta que denunció la estafa histórica de Mayo del 68. En obras capitales como El capitalismo de la seducción o Neofascismo e ideología del deseo, argumentó que la "liberación de las costumbres" promovida por los estudiantes no fue una estocada al corazón del sistema, sino el lubricante que este necesitaba para su próxima fase de acumulación.
El capitalismo de posguerra, productivista y austero, había entrado en crisis. Para sobrevivir, necesitaba crear nuevos mercados y nuevos consumidores. La "revolución" del 68 le sirvió en bandeja de plata la superestructura ideológica perfecta:
El viejo paradigma represivo ("ahorra, trabaja, obedece") fue sustituido por un nuevo imperativo hedonista ("goza, consume, sé tú mismo"). La supuesta transgresión se convirtió en el motor de un nuevo mercado del deseo: la moda, la música, el turismo, los productos "jóvenes" y "rebeldes".
Clouscard acuñó una frase lapidaria que resume todo el proceso: "Todo está permitido, pero nada es posible". Se concedió una libertad total en el ámbito de las costumbres y el consumo (lo lúdico, lo libidinal), a cambio de una sumisión absoluta en el ámbito de la producción y la política (lo económico). El resultado fue la creación de un individuo perfectamente adaptado al nuevo capitalismo: un consumidor insaciable, atomizado en la búsqueda de su placer personal, y un trabajador dócil, despojado de toda conciencia de clase.
Otros pensadores han ahondado en las consecuencias de esta mutación. Gilles Lipovetsky, en su célebre ensayo La era del vacío, describe la sociedad pos-68 como el reino del narcisismo y el hiperindividualismo. Las grandes narrativas colectivas, como el marxismo o el progreso, se derrumbaron, dejando paso a un individuo centrado exclusivamente en su autorrealización personal, su bienestar y sus "luchas" identitarias.
Esta atomización es el terreno sobre el que reflexiona Jean-Claude Michéa. Este filósofo, heredero tanto de Orwell como de Clouscard, ha criticado con ferocidad cómo la izquierda, seducida por el "progresismo" cultural y libertario del 68, abandonó a la clase obrera. Al abrazar la "lucha contra todos los tabúes" y la "deconstrucción" de todas las normas, la nueva izquierda se divorció de los valores populares de la gente común (el sentido del esfuerzo, la decencia, la solidaridad comunitaria), a quienes pasó a ver como "reaccionarios" o "deplorables".
Para Michéa, Mayo del 68 cimentó una alianza impía entre el liberalismo económico (la derecha) y el liberalismo cultural (la nueva izquierda). Mientras la izquierda se entretenía en batallas por el estilo de vida, la derecha desmantelaba, pieza por pieza, el Estado del bienestar y los derechos de los trabajadores.
En conclusión, y volviendo al punto de partida, los logros materiales de la huelga de Mayo del 68 deben ser entendidos no como el clímax de la lucha de clases, sino como una concesión estratégica del capital para sofocar un incendio y, lo que es más importante, para cooptar y asimilar la energía de la revuelta. Fue una victoria pírrica para el movimiento obrero. A cambio de mejoras salariales a corto plazo, se inmoló el futuro de una conciencia de clase unificada.
La sirena del deseo individualista, que entonó sus cantos en las barricadas del Barrio Latino, resultó ser más poderosa que la voz adusta de la conciencia proletaria. La izquierda abandonó la fábrica para perderse en una galería de espejos identitarios y en un supermercado de deseos prefabricados. Mayo del 68 no fue el amanecer de una nueva era revolucionaria, sino el crepúsculo de la vieja y el astuto nacimiento de un orden neoliberal que, para dominar, ya no necesitaba la porra del policía, sino la seductora publicidad del publicista.
La verdadera lección histórica no es que el pueblo unido puede doblegar a las élites, sino que las élites, cuando son inteligentes, saben ofrecer al pueblo un nuevo juego para que olvide su poder. Finis coronat opus.




Comentarios