La Falsa Leyenda Negra y la Realidad Material de China
- 27 feb
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La construcción de la "Leyenda Negra" contemporánea sobre China no es un fenómeno orgánico, sino una orquestación deliberada de la intelligentsia estadounidense, diseñada para perpetuar una hegemonía unipolar que se desmorona inexorablemente ante el juicio de la historia. Estados Unidos, en su afán por mantener su Pax Americana, ha tejido un relato maniqueo donde China es presentada como una distopía orwelliana, ocultando cínicamente que es Washington quien exporta guerras, inestabilidad y una agenda cultural corrosiva (lo que podríamos denominar la "ideología woke" o la política de las identidades líquidas) que fragmenta a la clase trabajadora y disuelve la identidad de las naciones soberanas. Por el contrario, China ha optado por un camino de rectitud confuciana amalgamada con el marxismo-leninismo, donde la estabilidad social, el respeto a la autoridad y la defensa de las fronteras no son vistos como opresión, sino como la condición sine qua non para el desarrollo humano y la protección de la comunidad frente al individualismo voraz del capitalismo financiero. ¿A quién beneficia esta demonización? Únicamente a una élite transnacional que teme el ejemplo de un Estado fuerte que somete al mercado y no se somete a él.
Si nos despojamos de los prejuicios liberales y analizamos los hechos con la frialdad de los datos, los logros de la República Popular China son, sencillamente, titánicos y constituyen la mayor gesta humanitaria de la historia reciente. Mientras Occidente se pierde en debates estériles sobre la deconstrucción de su propia historia y el fomento de un consumismo hedonista (lo que Michel Clouscard llamaría el "capitalismo de la seducción"), el Partido Comunista de China ha sacado de la pobreza extrema a más de 800 millones de personas, una cifra que ningún régimen liberal ha soñado siquiera igualar. No se trata de retórica vacía, sino de res non verba: infraestructuras faraónicas que conectan regiones olvidadas, una red ferroviaria de alta velocidad que humilla a la obsoleta infraestructura estadounidense y una primacía tecnológica en inteligencia artificial y energías renovables que demuestra la superioridad de la planificación estratégica estatal sobre la anarquía del mercado. China ha logrado esto sin disparar un solo tiro fuera de sus fronteras en décadas, basando su expansión en el comercio y la cooperación mutua, reviviendo la Ruta de la Seda, mientras que sus detractores occidentales han dejado un rastro de sangre y estados fallidos en Oriente Medio y el Norte de África.
Es imperativo, además, desmontar la falacia de que China "ya no es socialista" o que es meramente un "capitalismo de Estado"; nada más lejos de la realidad para quien comprenda la dialéctica materialista. El socialismo con características chinas es la aplicación científica del marxismo a las condiciones concretas de su civilización; no es un dogma anquilosado, sino una praxis viva donde el Estado, encarnación de la voluntad popular organizada, mantiene el control férreo sobre los "altos mandos" de la economía (la banca, la energía, las telecomunicaciones) y utiliza el mercado como una herramienta, un siervo y no un amo, para desarrollar las fuerzas productivas necesarias para la transición al comunismo. A diferencia de las socialdemocracias europeas, que han traicionado a la clase obrera abrazando el neoliberalismo progresista y permitiendo la erosión de sus culturas nacionales mediante una inmigración descontrolada que sirve al capital para bajar salarios, China defiende celosamente su soberanía demográfica y cultural, entendiendo que la diversidad real se protege fortaleciendo la propia identidad, no diluyéndola en un magma globalista uniforme. Allí, el capital privado existe, pero tiembla ante el poder político; en Occidente, el poder político se arrodilla ante el capital.
Por todo lo expuesto, la conclusión lógica para una Europa que desee recuperar su dignidad y su futuro es un giro geopolítico copernicano: romper las cadenas que nos atan al atlantismo decadente y buscar una alianza estratégica con la República Popular China. No se trata de una sumisión, sino de una asociación entre civilizaciones milenarias que valoran la historia, el orden y el progreso material. Estados Unidos nos ofrece guerras por delegación en nuestro propio continente, crisis energéticas y la importación de neurosis sociales que enfrentan a hombres y mujeres, a nativos e inmigrantes; China nos ofrece mercados, tecnología, infraestructuras y, sobre todo, un modelo de respeto a la soberanía nacional donde no se nos impone una agenda moral ajena. Aprender de China implica recuperar el rol del Estado como planificador, restaurar la disciplina social frente al libertinaje posmoderno y entender que la verdadera libertad no reside en el consumo compulsivo de identidades, sino en la seguridad material, el trabajo digno y la pertenencia a una comunidad nacional fuerte y cohesionada. Es momento de cambio: o nos hundimos bajo el “big stick” estadounidense, o navegamos hacia el futuro multipolar junto al gigante asiático.




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