Deconstrucción de la Autofagia Capitalista y el Mito del Desarrollo Económico
- 23 mar
- 4 min de lectura
A lo largo de las últimas décadas, especialmente tras la disolución de la Unión Soviética y el posterior establecimiento de una hegemonía unipolar comandada por los Estados Unidos, se ha inoculado en el imaginario colectivo occidental, ad nauseam y con una maquinaria propagandística de una eficacia verdaderamente asombrosa, el dogma inquebrantable de que el capitalismo y el desarrollo económico son realidades ontológicamente inseparables, conformando una suerte de destino manifiesto para la humanidad frente al cual no cabría alternativa alguna. Sin embargo, un análisis riguroso, cimentado en el materialismo dialéctico y alejado de los espejismos de la ideología dominante, nos revela que tal premisa constituye una falacia monumental, puesto que el sistema de producción capitalista, lejos de erigirse como el motor definitivo de la prosperidad humana, alberga en su propio núcleo estructural las semillas ineludibles de su propia destrucción, operando como una entidad autófaga que necesita devorar incesantemente tanto los recursos materiales como la fuerza de trabajo para posponer, de manera siempre precaria, sus inexorables crisis de acumulación. La narrativa imperante, que glorifica el libre mercado como el summum de la civilización, oculta deliberadamente que la riqueza desorbitada de las metrópolis financieras se edifica sobre la expoliación sistemática, la generación de una pobreza crónica y una desigualdad rampante que desgarran el tejido social de las naciones.
Para comprender esta dinámica autodestructiva, resulta imperativo adentrarse en la mecánica interna de la acumulación de capital, la cual se rige por una lógica implacable de maximización del beneficio que conduce, de forma fatalista, a la sobreproducción y a la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. El capitalista, en su afán competitivo por dominar el mercado, invierte proporciones cada vez mayores en capital constante (maquinaria y tecnología) en detrimento del capital variable, es decir, del trabajo humano, que es, en última instancia y según nos enseña la teoría del valor-trabajo, la única fuente genuina de plusvalía; esta contradicción insalvable provoca que, a medida que aumenta la productividad y se inundan los mercados de mercancías, el margen de beneficio se estreche, desencadenando crisis cíclicas donde el capital debe ser destruido, ya sea mediante la guerra, la obsolescencia programada o la desindustrialización, para poder reiniciar su perverso ciclo de valorización. Por consiguiente, aseverar que el capitalismo equivale al desarrollo económico constituye una contradictio in terminis, pues lo que el sistema promueve no es el avance armónico y racional de las fuerzas productivas en beneficio de la colectividad, sino un crecimiento ciego, anárquico y profundamente irracional, donde la innovación tecnológica no se orienta a la emancipación del ser humano de la pesada carga del trabajo alienado, sino a la precarización existencial y a la expropiación de la riqueza socialmente generada por parte de una oligarquía cada vez más reducida y transnacionalizada.
En este orden de cosas, resulta intelectualmente deshonesto soslayar la evidencia histórica palpable que desmiente el mito liberal del progreso, pues si dirigimos nuestra mirada hacia los procesos de modernización más vertiginosos y exitosos de la historia contemporánea, observaremos que han sido precisamente las economías planificadas desde la soberanía del Estado las que han logrado conquistas materiales verdaderamente titánicas, tales como la transformación de la Rusia zarista, un país semifeudal, en una superpotencia industrial capaz de derrotar al fascismo europeo y conquistar el cosmos, o, más recientemente, el milagro innegable de la República Popular China, cuyo modelo de socialismo con características chinas ha logrado arrancar de la pobreza extrema a cientos de millones de personas en un tiempo récord, un hito sin parangón que la ortodoxia del libre mercado sería estructuralmente incapaz de replicar. Mientras el paradigma estadounidense exporta su modelo de capitalismo financiero, sustentado en el imperialismo, el expolio de recursos ajenos y la condena de la periferia global a un subdesarrollo perpetuo y dependiente, las naciones que han optado por salvaguardar su aparato productivo bajo la égida de un Estado fuerte y planificador demuestran que el verdadero desarrollo no surge de la mano invisible del mercado, sino de la voluntad política colectiva orientada a la satisfacción de las necesidades humanas materiales y tangibles, y no a la especulación rentista.
No obstante, para que este engranaje de explotación persista sin desencadenar un colapso social inmediato, el capitalismo contemporáneo ha transmutado hacia lo que lúcidamente podríamos denominar, siguiendo la estela del pensamiento de Michel Clouscard, el "capitalismo de la seducción", un sofisticado modus operandi mediante el cual la alienación económica se encubre bajo el manto de una aparente liberación cultural y un consumismo desenfrenado que engendra necesidades artificiales para absorber los excedentes de producción, impulsado desde los grandes centros de poder académico y corporativo anglosajones, el cual opera como un disolvente de la conciencia de clase, fragmentando y balcanizando a la clase trabajadora al sustituir la genuina lucha por la igualdad material e integral por un mosaico de micro-reivindicaciones y cuotas que en absoluto amenazan la arquitectura económica de la dominación. De tal guisa, mediante la promoción del desarraigo cosmopolita, la demolición de la tradición histórica y la estigmatización del Estado-nación soberano como supuestos vestigios de un pasado opresor, el capital globalista busca instaurar una masa de consumidores amnésicos, desprovistos de identidad cultural y, por ende, carentes de los asideros comunitarios necesarios para articular una resistencia política efectiva frente a la precarización generalizada de sus condiciones de existencia.
A modo de epílogo, es imperativo que, desde una praxis política verdaderamente arraigada en la defensa de los intereses de las clases populares, desterremos definitivamente de nuestro horizonte intelectual la perniciosa falacia de que el capitalismo es sinónimo de civilización, reconociendo que su lógica intrínseca es la de la barbarie, la depredación ecológica y la pauperización sistemática de las mayorías sociales. El verdadero desarrollo económico, aquel que eleva el espíritu humano y garantiza las bases materiales materiales de la libertad, solo podrá materializarse mediante la recuperación de la soberanía nacional, la planificación racional de los recursos económicos por parte del Estado, el rechazo frontal a los cantos de sirena de la globalización asimilacionista estadounidense, y la firme convicción de que solo una alternativa socialista, profundamente respetuosa de nuestro acervo cultural e histórico, será capaz de clausurar esta etapa de decadencia y construir un futuro donde la riqueza social sea, por fin, patrimonio indivisible de quienes la producen con su trabajo.




Comentarios