La deplorable situación del Sáhara Occidental
- 21 jun 2025
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Actualizado: 27 jun 2025
La situación del Sáhara Occidental no puede ser comprendida en su totalidad sin
retrotraernos a su génesis, a ese momento fundacional en el que se sentaron las bases de la
tragedia que hoy se representa en las arenas del desierto. Nos encontramos ante una herida
supurante en el flanco sur de Europa, un paradigma de descolonización fallida y un
monumento a la hipocresía de las relaciones internacionales. El Sáhara Occidental es, en
esencia, el testamento de una traición, un acto de ignominia perpetrado por el Estado
español en los estertores del régimen franquista, cuyas consecuencias deletéreas se
proyectan hasta nuestro presente.
España, como potencia administradora de iure del territorio, tenía una obligación
sacrosanta, emanada no solo de la moralidad más elemental sino del propio derecho
internacional encarnado en las resoluciones de las Naciones Unidas: garantizar al pueblo
saharaui el ejercicio de su derecho inalienable a la autodeterminación. Este principio, pilar
fundamental del ordenamiento jurídico post-colonial, fue pisoteado sin miramientos en
1975. En un contexto de debilidad interna, con el dictador agonizando y una Transición
incipiente y plagada de incertidumbres, el gobierno español sucumbió a las presiones y optó
por la vía de la cobardía geopolítica. Los infames Acuerdos Tripartitos de Madrid, firmados
el 14 de noviembre de 1975 con Marruecos y Mauritania, constituyen la materialización de
esta claudicación. Mediante este pacto, España no transfirió la soberanía (algo que
legalmente le era imposible), sino que abandonó la administración del territorio, entregando
de facto a la población saharaui a las fauces de sus vecinos expansionistas. Fue una retirada
vergonzosa, un acto de realpolitik en su acepción más cínica que dejó un vacío de poder
deliberadamente llenado por la infame Marcha Verde, una operación de anexión militar y
civil orquestada con maestría por el régimen alauí de Hassan II.
La gestión española, por tanto, no puede ser calificada sino de desastrosa y
moralmente reprobable. Se incumplió una promesa solemne, se traicionó la confianza de un
pueblo al que se le había garantizado un referéndum y se priorizaron unos intereses espurios
y cortoplacistas sobre los principios del derecho y la justicia. Esta mancha histórica, lejos de
haberse limpiado con el tiempo, se ha tornado más oscura con la política exterior de los
sucesivos gobiernos de la democracia española. La posición tradicional de "neutralidad
activa", ya de por sí una entelequia que escondía una aquiescencia tácita con el statu quo
marroquí, saltó por los aires con el reciente e inaudito viraje del actual gobierno presidido
por Pedro Sánchez. Al avalar el plan de autonomía marroquí como la base "más seria, creíble
y realista", España ha consumado una segunda traición, alineándose explícitamente con las
tesis del ocupante y asestando una puñalada final a la legalidad internacional y a las
legítimas aspiraciones del Frente Polisario y del pueblo saharaui. Este giro no es sino la
consecuencia lógica de una soberanía nacional menguante, una política exterior subalterna
dictada desde Washington y sometida al chantaje permanente de Rabat en materias como la
inmigración o la cooperación antiterrorista.
En definitiva, la responsabilidad española es ineludible y primigenia. El Estado
español no solo creó el problema al abandonar sus obligaciones, sino que ha contribuido
activamente a su perpetuación, demostrando una incapacidad crónica para articular una
política exterior soberana, valiente y coherente con su propia historia y con los dictados de la
legalidad internacional.
Una vez analizada la defección española como catalizador del conflicto, resulta
imperativo dirigir la mirada hacia el actor que ha ejecutado materialmente la ocupación y
que se beneficia de la parálisis internacional: el Reino de Marruecos. La monarquía alauí ha
construido su relato nacional moderno sobre la quimera del "Gran Marruecos", una fantasía
expansionista que reclama no solo el Sáhara Occidental, sino porciones de sus vecinos. Esta
ambición, lejos de ser un mero anhelo romántico, se ha traducido en una estrategia
implacable de hechos consumados, donde la Marcha Verde fue solo el primer acto de una
ocupación militar, demográfica y económica que dura ya casi medio siglo.
La actuación de Marruecos es la de una potencia ocupante clásica, contraviniendo
todas y cada una de las resoluciones de las Naciones Unidas y del Tribunal Internacional de
Justicia de La Haya, que en 1975 negó la existencia de vínculos de soberanía territorial entre
Marruecos y el Sáhara Occidental. Rabat ha erigido un muro de más de 2.700 kilómetros, el
"muro de la vergüenza", minado y vigilado, que divide el territorio y a las familias saharauis.
Ha promovido una política de asentamientos masivos para alterar la composición
demográfica de la región, un crimen de guerra según el derecho internacional. Y, por
supuesto, ha procedido a la explotación sistemática e ilegal de los ricos recursos naturales del
Sáhara Occidental (fosfatos, pesca, y potenciales reservas de hidrocarburos), en un claro acto
de expolio colonial que enriquece a la élite marroquí y a corporaciones multinacionales,
mientras el pueblo saharaui malvive en los campamentos de refugiados de Tinduf, en
Argelia, o sufre la represión en los territorios ocupados.
Sin embargo, esta audacia marroquí no podría sostenerse en el tiempo sin un
poderoso patrocinador en la escena global. Y aquí, como en tantos otros dramas geopolíticos,
emerge la figura de los Estados Unidos de América. Washington ha encontrado en
Marruecos a su gendarme regional predilecto, un aliado fiable en el Magreb que sirve como
dique de contención frente a otras influencias y como pieza clave en su estrategia para
Oriente Medio. La relación entre ambos países es un nexus de intereses militares,
económicos y estratégicos. A cambio de esta lealtad, Estados Unidos ha proporcionado a
Marruecos armamento sofisticado, apoyo diplomático en el Consejo de Seguridad de la ONU
(donde Francia, antigua potencia colonial y con ingentes intereses económicos en Marruecos,
ejerce de cómplice necesario bloqueando cualquier resolución desfavorable) y, finalmente, el
reconocimiento explícito de su soberanía sobre el Sáhara.
El punto culminante de este patrocinio se produjo en diciembre de 2020, cuando la
administración de Donald Trump, en un acto de cinismo geopolítico sin parangón, reconoció
la soberanía marroquí sobre el Sáhara a cambio de que Rabat normalizase sus relaciones
diplomáticas con Israel. Este trueque, este do ut des que supedita el derecho inalienable de
un pueblo a los intereses estratégicos de una superpotencia, representa la bancarrota moral
de la diplomacia occidental. Se trata de un ataque frontal al multilateralismo y al orden
basado en normas, demostrando que para el imperialismo estadounidense, la legalidad
internacional es una herramienta a utilizar o a desechar según convenga a sus intereses
hegemónicos. La administración Biden, lejos de revertir esta decisión tóxica, la ha
mantenido, evidenciando el carácter estructural y bipartidista de esta alianza estratégica.
Por consiguiente, la situación actual es el resultado de una simbiosis perversa: el
expansionismo regional marroquí, alimentado por una ideología nacionalista, encuentra el
soporte y la legitimación necesarios en la estrategia imperialista de los Estados Unidos, que
prioriza la estabilidad de un régimen vasallo sobre los principios universales de justicia y
autodeterminación. El Sáhara Occidental se convierte así en una pieza de sacrificio en el gran
tablero de ajedrez global, una víctima cuya causa justa es un obstáculo para los designios de
los poderosos.
Llegados a este punto del análisis, tras haber desmenuzado las responsabilidades
históricas de España y la dinámica depredadora de la alianza marroquí-estadounidense, la
conclusión no puede ser otra que una condena rotunda e inequívoca de la situación actual.
Nos hallamos ante un cáncer geopolítico que metastatiza desde hace casi cinco décadas, una
injusticia cronificada que avergüenza a la comunidad internacional y, en particular, a las
naciones que se autoproclaman defensoras de los derechos humanos y la legalidad.
La tragedia del pueblo saharaui es multifacética. Por un lado, tenemos el drama
humano de cientos de miles de refugiados que subsisten en las condiciones más extremas en
los campamentos de Tinduf, dependientes de una ayuda humanitaria cada vez más
mermada, con generaciones enteras que no han conocido otra realidad que el exilio y la
espera. Su resistencia es un testimonio admirable de dignidad, pero también una acusación
viviente contra la indiferencia del mundo. Por otro lado, en los territorios ocupados por
Marruecos, la población saharaui sufre una represión sistemática: persecución de activistas
de derechos humanos, torturas, juicios sin garantías y una asfixiante anulación de su
identidad cultural y política. La Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el
Sáhara Occidental (MINURSO), presente en la zona, es un símbolo de la impotencia y la
farsa: es la única misión de paz de la ONU en la era moderna sin competencias para vigilar
los derechos humanos, una concesión inaudita a las exigencias de Rabat.
Desde una perspectiva socialista y materialista, la cuestión saharaui es un ejemplo
prístino de lucha anti-imperialista y de liberación nacional. Es la pugna de un pueblo
oprimido contra una potencia ocupante que actúa como sub-imperialismo regional al
servicio de los grandes capitales y de la hegemonía estadounidense. La explotación de los
recursos naturales del Sáhara no solo viola la soberanía del pueblo saharaui, sino que se
inscribe perfectamente en la lógica extractivista del capitalismo global, donde los recursos de
los débiles son puestos al servicio del enriquecimiento de una élite local y de las
corporaciones transnacionales. La defensa de la causa saharaui es, por tanto, una defensa de
la soberanía de los pueblos sobre sus recursos y de su derecho a decidir su propio modelo de
desarrollo económico y social, libre de tutelas neocoloniales.
La solución a este conflicto, que parece hoy más lejana que nunca, solo puede pasar
por el retorno a la senda de la legalidad internacional. Cualquier alternativa que no
contemple la celebración de un referéndum de autodeterminación libre, justo y transparente,
con un censo depurado y bajo supervisión internacional, no será más que la imposición de la
ley del más fuerte y la perpetuación de la injusticia. El plan de autonomía marroquí no es una
solución, sino la formalización de una anexión ilegal.
En definitiva, la situación del Sáhara Occidental es un espejo que nos devuelve una
imagen deformada y grotesca de nuestro orden mundial. Refleja la cobardía de las antiguas
potencias coloniales, la brutalidad de los expansionismos regionales, el cinismo de las
superpotencias y la inoperancia de los organismos internacionales cuando los intereses de
los poderosos están en juego. Condenar esta situación no es un mero ejercicio retórico; es
una exigencia ética y política para todo aquel que defienda la soberanía nacional, la justicia
entre los pueblos y el derecho inalienable de toda comunidad a ser dueña de su propio
destino. La causa del pueblo saharaui es la causa de la dignidad frente a la barbarie de la realpolitik.




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