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El Desafío del Islam a la Cohesión Nacional Española

  • 3 ago 2025
  • 3 min de lectura

La inmigración, despojada de su romántica envoltura, es en la fase actual del capitalismo global un mecanismo instrumentalizado por las grandes corporaciones para generar un ejército industrial de reserva a bajo coste, fragmentando a la clase trabajadora nacional y erosionando los derechos conquistados tras décadas de lucha obrera. Este fenómeno, cuando se combina con la importación de una superestructura ideológica como el Islam, que en muchas de sus corrientes mayoritarias presenta rasgos manifiestamente pre-modernos y reaccionarios, deviene en un caballo de Troya que amenaza los cimientos de nuestra comunidad.


La primera y más palmaria de las afrentas se encuentra en la manifiesta incompatibilidad de los dogmas islámicos más extendidos con los principios de igualdad entre hombres y mujeres, un pilar irrenunciable que emana de las mejores tradiciones de la Ilustración y del socialismo. No podemos, en nombre de una mal entendida tolerancia, cerrar los ojos ante una doctrina que, en su literalidad y en su praxis social más común, subordina a la mujer al varón, la confina al ámbito doméstico y la somete a códigos de vestimenta y conducta que son la antítesis de la libertad individual. La defensa de la igualdad no admite excepciones culturales; es un universal por el que la izquierda histórica ha combatido, y permitir su menoscabo en nuestro propio suelo bajo la excusa del respeto a otra cultura es una traición a nuestros propios principios. De igual modo, si bien se defienden los derechos humanos universales, como los de la comunidad LGTBI, no se puede aceptar que la reivindicación fragmentaria y victimista de ciertos colectivos oculte la contradicción principal que supone la importación de ideologías que son intrínsecamente hostiles a su existencia.


Ad nauseam, se nos presenta el modelo multicultural como un enriquecimiento, pero la realidad material es tozuda y nos muestra una verdad bien distinta: la formación de guetos. Estas comunidades cerradas, que operan como quistes dentro del organismo nacional, no son meramente enclaves residenciales, sino espacios donde la ley del Estado español se difumina y es reemplazada, de facto, por normas consuetudinarias y religiosas ajenas a nuestro ordenamiento jurídico. Lejos de promover una síntesis cultural, esta guetización fomenta el desarraigo, impide la asimilación a los valores y costumbres de la sociedad de acogida y crea un humus perfecto para el florecimiento del resentimiento y la alienación. Es en este caldo de cultivo donde la criminalidad, a menudo vinculada a la marginalidad económica y a la falta de integración, encuentra un terreno abonado. Las estadísticas oficiales, por mucho que se intenten maquillar desde las instancias gubernamentales por temor a ser tildadas de "islamófobas", reflejan una sobrerrepresentación de individuos procedentes de determinados entornos culturales en ciertas tipologías delictivas, una realidad empírica que un análisis materialista no puede soslayar.


Este proceso de guetización es el vehículo de lo que se ha denominado "islamización", que no debe entenderse como una conversión masiva, sino como la progresiva imposición en la esfera pública de símbolos y prácticas islámicas que desafían la hegemonía cultural y la laicidad del espacio común. La proliferación del velo, la exigencia de menús halal en las instituciones públicas o los intentos de establecer tribunales islámicos informales son manifestaciones de un proyecto político que no busca la integración, sino la creación de una sociedad paralela. Este fenómeno conduce inexorablemente a la radicalización. Cuando un individuo carece de vínculos con la comunidad nacional, cuando su única identidad es una identidad religiosa reactiva y antagónica a su entorno, se convierte en presa fácil para los predicadores del odio y el fundamentalismo. El yihadismo no es una aberración inexplicable; es la consecuencia lógica y extrema de la alienación social, la segregación cultural y la importación de una ideología totalitaria que ofrece una falsa redención a través de la violencia. La debilidad de un Estado carcomido por las políticas neoliberales y su sumisión a los dictados de potencias extranjeras como Estados Unidos —principal responsable, a través de sus guerras imperialistas, de la desestabilización de Oriente Medio y el Magreb que alimenta los flujos migratorios—, impide una gestión soberana de las fronteras y una política de asimilación cultural rigurosa, que es la única vía para incorporar a los nuevos contingentes poblacionales a un proyecto nacional compartido, defendiendo nuestra tradición y los valores de igualdad y progreso por los que tanto hemos luchado.

 
 
 

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